Historias Mexicanas

Cuentos y Relatos de México

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Que la noche no termine.

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PobreEl mejor 
 El camino empedrado impedía que el auto fuese más rápido. La noche se estaba convirtiendo en una más, como todas: poco pasaje y mucho aburrimiento. Los bares, restaurantes y puestos de todo tipo aún se encontraban abiertos al público; aunque no faltaba mucho para que empezasen a cerrar.

 

Un poco de música al mal tiempo puede compensar el mal acompañamiento. Recorre todas las estaciones para no encontrar alguna que programe algo decente. — Este taxi no es más que un vejestorio — pensaba cada que el auto daba señales de pararse. Todavía no se daba cuenta que lo que padecía era sed; gas, gasolina. ¡Lo que consuma por el amor de Dios!  

Los parques del Coyoacán más que escasos; vacíos se encontraban. No tenía mucho que había dado por terminado el taxímetro. Los servicios de taxi contable se habían suspendido por un servicio “aproximable”, para mejores entendimientos con el cliente. 

— por fin algo escuchable. 

Estación: La norteña, “los éxitos más concurridos de la notable y respetable masa norteña y campirana” pa’ que no se sientan heridos los vecinos de arriba. ¿No? 

— no, si con esto me hecho hasta la madrugada. — La verdad, no tenía ganas de regresar a su casa; con miles de problemas en que pensar cualquier lugar es mejor que refundirse ahí.   

Camina, camina, que hoy no puedes fallar “vochito”. Te prometo que mañana yo te llevo a que te den tu lavadita, ¿estamos? 

¡Ándale! ¡Mugre taxi del demonio!, que no puedes dejarme a media noche aquí. No, si ni puedo pensar cuantos maleantes ya me andan cercando pa’ robarme la carcacha.  

Cinco metros más alcanzó a caminar el taxista; llegó hasta Miguel Ángel. En el momento que se bajo del taxi, azotando la portezuela del auto perjurando maldiciones, se detuvo un instante asombrado de lo vacía que estaba toda la avenida. Las jardineras que dividían las dos calles, en sentido diferente una de la otra, y los pocos faros iluminando la calle eran lo único que lo acompañaba.  

Frío. Sí, frío era lo que sentía cuando levantó la tapa de enfrente de la maquina. Ni le pensaba mover algo; ni sabía cómo arreglar el despertador de su cuarto. La cerró con todo azote. — si nomás falta el eco — se dijo.  

Sacó un cigarro del bolsillo izquierdo de su pantalón; se tocó el derecho.  Buscó en el bolsillo de su camisa. Ni un sólo cerillo. 

 Se lo puso en la boca esperando, por lo menos, la sensación le quitase las ansias que ya lo estaban empezando a impacientar.  

Por lo menos la radio aún se podía escuchar. “La norteña”. 

 No; si pa’ el baile no se necesita marimba. Pero ya no está de humor el pobre hombre como para que pudiera buscar unas cuantas monedas y hablar por el primer teléfono público que se encontrase. La desesperación de llegar a su casa no era tan grande.  

— Sí, ¿cuál es la prisa? — que nomás el primero que pase no lo piensa ni dos veces y me levanta. 

Nada mal pensado para tan refinado personaje de apariencia magnética. Bigotito como de ranchero salido de su quinta, cabello hacia delante en son de cubrir la calvicie, y no faltaba más, la pancita que sólo trata de ocultar cuando las jovencitas se le acercan. ¿no?  

Bendito personaje que me viniste a cambiar la imagen del taxista: bonito, sonrisa resplandeciente, abundante cabellera para la virilidad y estómago de lavadero para la mujer que se le antoje lavar su ropa en esa batea.  

De cualquier manera, no pasaron veinte minutos cuando un coche se detuvo frente al taxi. Ya el taxista estaba metidito en su asiento; vigilando discretamente sus alrededores con los ojos cerrados; haciendo su actuación más creíble añadiéndole unos ronquidos.  

— para despistar, ¿no? — 

Lo despertó el sonido del claxon del otro automóvil. Un auto muy elegante como para pararse por un taxista, aunque si bien, el personaje lo amerita.    

Ya despierto dio una mirada hacia el automóvil. Pensó que tal vez andaban perdidos y querían preguntarle por tal lugar, de tal dirección, de tal delegación.  

— no estoy de humor pa’ sus chistecitos, que si me preguntan ahorita va a ver cómo me los pierdo más a estos cabrones. 

Camino al otro coche notó que todavía no bajaban las ventanas, polarizadas de una manera que no podía ver quién estaba dentro de aquel auto. Ya enfrente, se inclinó para hablar. Inmediatamente las ventanas del asiento del copiloto empezaron a bajar; el taxista se fijó que eran eléctricas. 

Dos mujeres eran las que se encontraban dentro, bellas como no se las podía haber imaginado nunca: morena de ojos negros,  brazos largos y delgados la más cercana a él, la otra rubia, fina, labios rosa, de igual complexión que la otra.  

— Buscamos el bar, “La Taberna”. Estamos perdidas señor. Nos ayudaría mucho si nos pudiera decir cómo llegar. — le habló la morena de ojos bonitos, como laguna, reflejando luz de luna. 

— Ja, ja, — con risa ronca y gruesa  

— no podían encontrar mejor hombre en esta ciudad, jovencitas bellas. Lo que buscan está cerca de aquí. Mas les quiero decir que no creo que aún se encuentre abierto a esta hora. De cualquier forma, ¿qué andan haciendo dos señoritas en este lugar solitas?, no les vaya a pasar algo malo. ¡Dios no lo quiera! — soltó el taxista  

— tiene usted razón, ¿Por qué no viene con nosotras?,  me gustaría sentirme más segura en este lugar — le contestó la rubia, acercándose a la ventana dejando ver su belleza. 

Nunca en sus 35 años de taxista alguna persona le pidió algo así, peor aún o mejor, como lo vean. Nunca una mujer tan bella le había soltado tan poderosa frase.  Tan sorprendido que incluso se paso la mano por la cabeza; hacia atrás, sentido contrario de su peinado. Aún no se puede decir cómo fue el gesto cuando se acordó de por qué se peina hacia delante. Qué le podía contestar si su locuaz lenguaje corría en cuenta de lo que escuchó. 

— como creen señoritas, pa’ que me quieren con ustedes, nomás carga. 

— lo que buscamos es un buen rato, con buena compañía. Y la mejor que podamos encontrar la tenemos aquí. — con una voz suave replicó la morena. 

— ya, ni pensarlo dos veces pues, no tardo niñas nomás cierro el taxi con seguro y ya estoy con ustedes con una chela en La Taberna. 

No tardo mucho para que se encontrara dentro; se subió al asiento de atrás. Les dijo que el bar que buscaban se encontraba en Coyoacán; unas cuadras más adelante y doblando en una calle adyacente. 

La velocidad del tiempo ya no fue posible contarse; las risas, caricias y besos, sólo los que se encontraban dentro los pueden saber. Pasaron pocos minutos para llegar al destino, pasaron muchos más para que se bajasen del auto. La música, la fiesta se podía escuchar dentro, aunque ya casi vacío el lugar, ¿a quién le interesa qué pase?, a mí no. 

“La Taberna”, bar que no muchos conocen y más prefieren no llegar.  

— parece bar de camioneros — dijo el taxista. 

Al son de una rumba se pararon a bailar las dos enigmáticas mujeres. El taxista llevó su cerveza con él cuando se dignó a ir a bailar con ellas. Un movimiento suave es lo que marcaba el ritmo de la canción. El momento para desahogar las penas siempre llega cuando las canciones rancheras empiezan, cuando las baladas tocan, cuando todos o bastantes de los visitantes se encuentran con suficiente alcohol en las venas como para soltar todo lo que tienen. Las mismas frases de despecho, dolor y soledad son las que se sueltan unos a otros. El taxista qué les iba a contar a esas chicas que esa noche danzaban con él. 

Les cantó al oído, les beso las manos y sus ojos temblaron. Sólo unas cuantas horas se quedaron ahí. Cuando salieron, caminaron por el parque y luego se detuvieron un rato en el quiosco. La noche les dio el placer de saber que nada se iba a saber.  

Unas botellas de licor todavía tenía en mano cuando caminaban de regreso al auto. 

— y ahora ¿a dónde? — preguntó el taxista. 

— directo a tu taxi, taxista. — vamos a caminar hasta allí. 

— ¿y el auto? 

— Ya no lo necesitaremos, a partir de este momento somos tus pasajeras. Llévanos a donde quieras llevarnos, hasta que se acaben las botellas — le soltó la morena sosteniendo la mano de la rubia. 

El taxista, como el mejor de su profesión, supo que es lo que tenía qué hacer. No tardaron mucho en llegar al taxi cuando se acordó por qué todavía estaba en esa situación, tan extraña para él.  

Estando frente a su taxi, no tuvo miedo de abrir la puerta del pasajero a sus dos clientes. El chofer conocía su trabajo. Los problemas no se dicen; sólo lo que se cobra y la cuota oficial no se dice, ¿taxímetro? No esa noche, ni lo miro cuando metió la llave para encender el auto. Por instinto sabía que la máquina encendería. El destino quería que se quedase parado en ese lugar y quería que esperase para encontrar a esas mujeres para llevarlas al bar y luego montarlas a su taxi y llevarlas al infinito. 

Las calles no se pueden distinguir. La velocidad no se puede medir. La música no se puede escuchar; sólo es audible la voz y el rencor con que el auto salta los baches de la ciudad esperando la noche no se acabe y el alcohol tampoco.

 

 

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